Semanas atrás, leyendo una entrevista en El País conocí a Miquel Fuster. Un dibujante de cómics. Su historia me resultó muy interesante, probablemente por la dureza de su experiencia, pero sobretodo por su manera de expresarse y transmitir su mensaje. Miquel no vende su drama, al menos esa es la sensación que me da, expone su vivencia personal, como la de tantos otros en su situación durante los quince años que vivió en las calles, alcoholizado y sin ningún tipo de esperanza de futuro. Su suerte es haber tenido el talento y el gusto por la pintura, creo que eso le ha salvado de quedarse, como la inmensa mayoría en nada. Lo que me gusta de Miquel es que no culpa a nadie de su anterior situación, no vende pena, sólo expone su propia miseria. Alcoholizado, consiguió desintoxicarse gracias al apoyo de unos pocos que creyeron en él y ante todo por su fuerza de voluntad, pues por más que haya quien esté dispuesto a echar una mano, sin la convicción de uno mismo no hay resultado alguno positivo.
Hoy vuelvo a leer otra entrevista, esta vez en "La Contra" de la La Vanguardia. Supongo que gracias a la repercusión en Catalunya de la diada de St Jordi sumada al Salón internacional del cómic en barcelona (FICOMIC), su último libro, “Miguel. 15 años en la calle”, se está dando a conocer en todas dimensiones.
Mi pareja me preguntaba recientemente si a mí me gustaría que me regalesen algún cómic. No soy una aficionada a este tipo de lectura, pero en mis casi 36 años puedo citar algunos cuantos que sí he leído. De las diferentes categorías que existen podría decir que tiendo a los de autor y el humor gráfico. Durante años fui lectora de El Jueves. Sin olvidar que de niña leía las historias de Esther (esta es una de esas confesiones inconfesables que se hacen sólo muy de vez en cuando pues una tiene una reputación que mantener...), o los clásicos tebeos de Escobar de Zipi y Zape y Carpanta, algunos de Mortadelo y Filemón (aunque reconozco que las historietas de Ibáñez no eran mi fuerte), pasando por las tiras de Mafalda y Gardfield una vez entrada la adolescencia, y ya en la juventud, los libros de Ralph König (Lisistrata, El hombre deseado, Pretty Baby y el condón asesino, todas ellas adapatadas al cine). En la disciplina del cómic hay espacio para todo, quien crea que sólo existen tebeos para críos, tiras de humor o manga, de acción y aventuras, heroes y porno, se equivoca. “Maus” es un cómic que relata la historia de un superviviente de la alemania Nazi a su hijo Art, precisamente el autor del cómic y ganador del premio Pulitzer. Y así llegamos a la propuesta de hoy, de nuevo cito “Miguel, 15 años en las calles”, del cual tengo ganas de disponer, disfrutar de sus gráficos y leer.
Después de leer “Un hombre en la oscuridad” me quedé un tanto desolada, supuso un bajón considerable, siempre desde mi humilde e inexperta opinión, en la obra de mi escritor fetichePaul Auster. Una mala época para mí, dado que contemplaba impotente como se derrumbaban en mi conciencia los que hasta en ese momento habían sido mis referentes, musicalmente hablando, presenciaba como Nacho Vegas ascendía, para lo que representaba a algunos, compartiendo disco con Bunbury, para mí una punzada en el corazón que no llegaría a ser casi herida de muerte hasta su fatídica colaboración con la Rosenvinge... Estaba rozando el cielo en su trayectoria según muchos dentro de los círculos de determinada crítica especializada.... pero para mí significaba poco más que una rendición ante los cantos de sirena de la popularidad. Por suerte, algo bueno salió de esa experiencia, grandes temas incluídos en “El Tiempo de las Cerezas” y algo de vitalidad a su rostro tras los refregones con la ratita presumida, que no le venía nada mal al asturiano... Y por otra parte, la caída en picado, de mi idolatrado Woody Allen hasta llegada de un lastimoso declive, no se si por causa del efecto 2000, nada producido a partir del nuevo milenio merece la pena, salvando tal vez de la quema la cuestionable “Match Point” y agradeciendo su resucitación con la última, modesta y nada pretenciosa “Whatever Works”, que recuerda al Allen que todos queremos y veneramos filmando su amado manhattan, con historias sencillas y cercanas, ridículas y risibles, lejos de todo glamour, con el talento suficiente que no requiere de ostentación alguna para brillar por su propia estela.
El caso es que llegué a un punto en el que me decía a mí misma para pretextarles: Si es que no se puede sacar cada año un disco, una película, una novela excelente, por fabuloso que seas en tu trabajo. Lo de estos tres hombres que cito, estoy segura de que requiere de laboriosa entrega profesional y concienzudo y meticuloso empeño en extraer de lo bueno lo mejor, no me cabe la menor duda, pero, sin una dosis de genialidad y talento, el resultado jamás podría ser lo que estos artistas han ofrecido a la humandidad. Tal vez suene exagerada para algunos, pero es mi parecer y mi gusto y sólo el tiempo puede quitarme la razón, maltratando el conjunto de sus obras, desterrándolas al olvido y desmereciendo el lugar que deben ocupar en la universalidad de sus distintas manifestaciones artísticas.
Y digo todo esto en un duro, pero que pretende ser un halagador prólogo para afirmar gratamente que, aquel mal sabor de boca que me dejó el, hasta la fecha, último trabajo de Auster, se ha desvanecido gracias a la frescura y el aliento que me ha devuelto la magnífica“Invisible”. Acertadísimo título, cabe añadir, aunque bien podría haber sido también “1967”. Y es que hay años en todas las historias personales que marcan una inflexión en el devenir de sus protagonistas. No obstante, el título finalmente adjudicado atina más que cualquier otro presumible nombre con el que esta novela hubiera sido presentada: “Un rostro corriente, en cierto modo, una cara que resultaría invisible entre cualquier multitud”, y con esta frase, ya lapida por donde recorrerá el hilo argumental a lo largo de lo que nos quiere contar, y tan sólo estamos en la tercera página. Sublime.
Antes de proseguir, debo advertir que, si alguien se guía por la reseña escrita en el dorso del libro para decidirse a leerla, mal asunto. No lo recomiendo. En mi caso suposo más un prejuicio (algo me evocaba a mi odiada “Soñadores”) que me hubiera provocado rechazo de no ser que se trata de Auster y eso, pese a mí anterior decepción, merecía el beneficio de la duda. Ante según que reseña, que más mal que bien le hacen a la obra, yo cambiaría por un: lea las veinte primeras páginas, y si tras la lectura de estas decide abandonar, nadie se lo reprochará. Yo, que lo leí prácticamente de principio a fin, le puedo asegurar de que no va a poder parar hasta alcanzar el último punto y final.
Quien haya leído algo en alguna ocasión escrito por Paul Auster, incluso en las películas cuyo guión es de su puño y letra, ya debe saber que, en sus historias siempre hay algo más oculto. La metaliteratura está muy presente, así como recambolescas tramas a la par que verósimiles en muchas ocasiones si pasamos por alto la contínua tendencia de este por sobrevenir a los giros de la mano del azar y las casualidades oportunamente encontradas. Pero en esta excepcional ocasión el azar está ausente. En el aspecto técnico destaco el brillante trabajo narrativo, como ya desde décadas viene demostrando y deleitándonos. “Invisible” cuenta de cuatro partes, de las cuales se podrían hacer múltiples interpretaciones: 4 historias, pero que la suma desembocan en un todo, cuatro estaciones, cuatro localizaciones, cuatro estados de ánimo y/o madurez... Y así hasta que nuestra imaginación diga basta. El autor, a lo largo de cada parte salta de un narrador a otro cambiando de la primera a la tercera, pasando por la segunda persona. Desde diferentes puntos de vista, según emplee uno u otro personaje. Consiguiendo atraparte en esa apasionante historia que emerge desde una anécdota transcendente y desde la cual se va desgranando y expandiendo al tiempo que se introducen nuevos personajes que, encabezan el protagonismo a su paso, aturdiendo, para gran regocijo del lector, y reestructurando a cada página el argumento, recomponiedo las piezas tratando de formar este puzle que no se nos muestra completo hasta el final. cuando todo está encajado.
Personalmente, al terminar una novela de Auster siempre me queda esa sensación de tratar de averiguar, aunque sea por mera intuición, qué hay de cierto, de verdad, de real, en lo relatado. Acabo por ceder y aceptar que Auster,en esto del arte del engaño, es un gran maestro.
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