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domingo, 23 de noviembre de 2008

VII Parte

Se echó la mano al bolsillo y palpó el móvil. No recordaba que lo llevaba ¡Claro! Podría llamar a Juan y pedirle que fuera hasta su casa, o por lo menos, hasta lo que a día de hoy creía ser su casa. Alguien que pudiera darle algo de lucidez a todo aquel asunto, alguien en quien confiaba y no le tacharía de loco, cosa que temía haría la policía al explicarles su historia. Demasiadas preguntas para las que ni él mismo tenía respuesta.

Marcó el número tres, lugar en el que tenía en la memoria a su amigo, trás cuatro timbradas, una voz de mujer atendía con un mensaje el cual parecía proceder de un contestador automático. “El horario de nuestras oficinas es de lunes a viernes de nueve a seis de la tarde, rogamos nos llame en otro momento y disculpe las molestias, o bien puede dejar un mensaje después de la señal y en cuanto nos sea posible nos pondremos en contacto con usted. Gracias”. –Coño Juan, soy yo, ¿Qué clase de broma es esta?- No le dió para decir nada más. Colgó. Pero empezó a dudar de que se tratase de una macabra broma. ¿Cómo podría haberse puesto de acuerdo tanta gente para simular que todo el edificio en el que vivía no era tal y como lo recordaba?

Empezó a recapitular, tenía la cartera pero sin dinero, ni carnets, ni nada que pudiera identificarle. El edificio en el que creía vivir no era tal, y nadie le había reconocido, puede que entonces no fuera quien hasta el momento en el que recobró la consciencia en aquel lavabo creía ser. Entonces, ¿Quien coño era? Tenía en su memoria toda una vida que por lo visto no tenía nada que ver con la realidad, y no disponía de ninguna pista que le condujera hacía quien era. ¿Le habrían borrado la memoria, y le habrían insertado otra falsa para volverle loco? ¿Pero acaso eso mismo que estaba pensado no era de por si una locura? Había visto demasiadas películas de ciencia ficción. Cómo esperar allí sentado a la policía e irles con semejante cuento ¿Y si constaba en los archivos policiales como algún delincuente perseguido? Su imaginación empezaba a desbordarle, pero dados los recientes acontecimientos primero tenía que averiguar quien era.

Salió corriendo del portal a tiempo que veía girar al final de la calle un coche patrulla de la policía. La amenaza del energúmeno que le empujó había resultado cierta. Entonces, el simulacro de una ficticia suplantación de identidad podía descartarlo. Definitivamente aquella no era su casa.

Pensó que volver al bar donde al parecer había empezado todo podría ayudarle a esclarecer algo, pero como no tenía dinero, prefirió quedarse fuera, justo en la acera de enfrente. Se apoyó en la pared y empezó a repasar todos los número que contenía la agenda del móvil. Ninguno le resutaba familiar.

De repente, un hombre se detuvo junto a él, empezó a hablarle a una distancia demasiado corta como para tratarse de un desconocido, es evidente que mantenien algún tipo de relación, pero, ¿Cual podría ser su vínculo?

-¿Se puede saber qué haces aquí afuera con este frío?¿Y porqué tenías que citarme en el culo del mundo? Sabes que no me gusta el extrarradio, pero tranquilo, entiendo que toda precaución es poca.- Le observaba con desconfianza, pero intentando mantener la calma y aparentar cierto estado de normalidad, aunque su primer impulso había sido decirle que no tenía ni idea de quien narices era, había preferido esperar a ver qué le descubriría acerca de él aquel individuo.


Tú eliges:

A) El personaje se deja llevar por el desconocido hacía el bar, pues parece que se habían dado cita previamente en el aquel local. Sea quien sea, con toda la gente que había en él, puede sentirse seguro de que no le puede suceder nada malo y con la conversación puede obtener información.

B) El personaje sugiere ir a otro lugar más reservado, lo de toda precaución es poca le ha dado ha entender que su cita contiene un grado de clandestinidad por motivos que todavía no conoce y en el bar hay demasiada gente con los ojos puestos en él. Y por otra parte, su nuevo amigo puede que le conduzca hacía un nuevo escenario en el que pueda descubrir más cosas sobre si mismo.

martes, 11 de noviembre de 2008

VI Parte

Despertó. Un fuerte olor a orina inundaba sus fosas nasales. Estaba empapado. Se estaba convirtiendo en una costumbre eso de quedarse inconsciente y recuperar la consciencia tumbado en el suelo sobre algún charco, sólo que esta vez se trataba de uno de meados. Echó un vistazo a su alrededor, el lugar le resultaba familiar. Había estado ahí con anterioridad. Se levantó y recuperó la compostura, el hedor era realmente espantoso. Con remilgo se desprendió de la chaqueta, la prenda de vestir que más mojada tenía. Se lavó la cara y se mojó el cabello peinándolo hacia atrás con sus dedos. Palpó sus bolsillos, aparentemente tenía todas sus pertenencias: cartera, llaves, móvil... ¡zapatos!
Salío de aquel infecto servicio. Al momento, aquellas piernas junto a la barra le recobraron el sentido, todavía estaba en el bar. Debía haber sufrido un desvanecimiento en el lavabo, explicando así el porqué estaba tirado en el suelo, pero ese sueño... parecía tan real... todavía sentía un dolor punzante en su nuca, aunque era normal, pudo haberse golpeado contra algo al caer.
La mujer de la barra salió del local acompañada por otra. Eso le parecía haberlo vivido.
Sacó la cartera para pagar su café, pero al abrirla comprobó que estaba vacía. No tenía dinero, sólo un cartón emulando un carnet de identidad, como los que hay cuando compras un billetero nuevo.
-La señora pagó su consumición- Le dijo el camarero que le miraba con recelo, giró la vista hacía la chaqueta que llevaba en la mano y que goteaba ligeramente. Volvió a clavar su mirada en sus ojos.
Los viejos de la partida de dominó habían detenido el juego. También le observaban con atención. Parecían pendientes, a la expectativa de algo. Aquello estaba resultando demasiado extraño. Por suerte, no tenía que vérselas dando explicaciones de porqué no llevaba dinero cuando creía haber salido de casa con 20 euros. Por no decir la falta de sus carnets y targetas.
Era de noche y no llovía, estaba aturdido y desconfiado, algo en su interior le llevó a tomar un camino distinto para acudir a su casa.
Cuando llegó al portal la puerta estaba abierta. Empezó a subir las escaleras. Cuando llegó al segundo piso miró hacía el 2ºA sintiendo un estremecimiento recorrer su cuerpo. Hubiera jurado que hacía pocos minutos estaba dentro de ese piso intentando llamar a la policía y siendo drogado por alguna sustancia desconocida. Se apresuró en la subida. Se detuvo frente a su puerta, pero al intentar introducir la llave no entraba. Al momento oyó ruido en el interior y como un hombre corpulento abría desde dentro de su propia casa.
-¿Qué está haciendo?- El robusto desconocido se dirigió hacía él como un energumeno empujándolo hasta golpear su espalda contra la otra puerta.
-Yo vivo aquí- Increpó.-¿Que coño está haciendo en mi casa?.
-Chalado, majareta. Ya te estás largando porque ya mismo estoy llamando a la policía.- Y cerró de un portazo.
-¡Eso! Tú llama, vamos a aclarar que mierdas está pasando aquí.
Bajó hasta el segundo piso, hecho una furia y mamporreó la puerta de la vieja. Una mujer con un niño de unos dos años en brazos le abrió. El recibidor no tenía en absoluto el aspecto en el que momentos previos él había estado. Perplejo, dió un paso atrás y miró el rótulo que indica la planta en la que estaba, no había equívoco, estaba en el segundo. No entendía nada de lo que estaba pasando.


Tú eliges:

A)Alucinado por los acontecimientos, espera en el rellano a que llegue la policía para aclarar el embrollo.

B)Recuerda que todavía tiene su móvil, lo saca de su bolsillo para llamar a su amigo Juan. No comprende la pesadilla que está viviendo.

lunes, 3 de noviembre de 2008

V Parte

-¿Que desea?
-Hola, buenas tardes, verá, soy el vecino del tercero, y bueno, acaban de atacarme en plena calle, me han golpeado y robado. Necesito ayuda, necesito llamar por teléfono...
Mientras se explicaba, la mujer, que se había ocupado de abrir la puerta protegida con un seguro, inspeccionaba con la mirada de arriba abajo a aquel desconocido sin zapatos que le pedía auxilio frente a su puerta.
-Espere aquí.- Le dijo y cerró la puerta. Al cabo de un minuto volvió a abrirla y le tendió una toalla para que pudiera secarse.- Pensé que estaba de mudanza. Han estado toda la tarde subiendo y bajando muebles y cajas.
-¿Cómo?- Subió las escaleras de cuatro en cuatro escalones hasta alcanzar la siguiente planta. La vieja, ya más confiada, había quitado la cadena de seguridad y curioseaba entre el hueco de la escalera hacia arriba para ver si podía captar algo. La puerta, como era de esperar, estaba cerrada. Bajó de nuevo hasta el segundo piso.
-Déjeme llamar a la policía. Necesito entrar en mi casa.
-Claro, hombre, claro, tranquilo. No pasa nada, ya verá como todo se arregla.- Le hizo pasar hasta la sala de estar, y le indicó tomar asiento en un sillón junto a una mesita en donde tenía el teléfono- Usted mismo, voy a prepararle una infusión para que entre en calor mientras tanto.
La casa era vieja, fría y sombría. Las paredes, cubiertas por un enmohecido y desconchado papel estampado, clásico de los años 70, indicaban que hacía mucho tiempo que nadie se había ocupado del mantenimiento de aquella ruinosa vivienda, las cortinas estaban cerradas, confeccionadas por un tupido material similar al terciopelo, de un color verde oscuro, cubrían desde el techo al suelo impidiendo la entrada de luz natural. No daba crédito de como podía haber estado viviendo esos años sobre aquel apartamento siendo el suyo un loft confortable y moderno. Parecía que entre las dos casas hubiera entre ellas 50 años de diferencia, y sólo les separaba un tramo de escaleras.
La mujer entró en la habitación portando una bandeja con los bártulos propios de una sesión de té. La depositó sobre la mesa que había enfrente y ella se acomodó en un costado del sofá junto al butacón de su inesperado invitado. Le sirvió una taza, y se la acercó, alargando sus flacas y huesudas manos.
-Debería quitarse esa ropa mojada, le iré a buscar algo para que pueda ponerse. Espero que no le importe que sea de mi difunto marido, estoy segura que le vendrá bien.
Sonó el timbre. Qué rápido han venido, pensó. La mujer fue hasta el recibidor, mientras,
al levantarse empezó a sentir un mareo, la visión borrosa, todo le daba vueltas. Oyó en la lejanía, cada vez más confuso, el diálogo entre susurros de varias personas, le pareció distinguir en el murmullo la voz de la vecina y un par de hombres. Hemos venido todo lo rápido que hemos podido... Vengan... está dentro, todavía no le ha hecho efecto.
..

Tú eliges:

A) Esos hombres tienen algo que ver con la agresión que ha sufrido en la calle. La vieja, no cabe decir que está metida en el ajo. Pero, ¿Cuales son los motivos para semejante ataque?
B) Nuestro protagonista es un esquizofrénico. ¿Qué es real y que no lo es? ¿Que implicación tiene en su vida esa mujer?

lunes, 27 de octubre de 2008

IV Parte

Se levantó y empezó a andar. Las aceras todavía estaban mojadas, pero por lo menos la lluvia había cesado. Tenía los calcetines chorreando, calados hasta los pies. Desprotegido por el refugio que supone el calzado, percibía la irregularidad del suelo, por llano que pareciera el camino, no era liso por completo, las cenefas grabadas en las losetas facilitaban la incrustación en estas de gravilla y otras piedrecillas clavándosele en las plantas de los pies.

Por suerte vivía a pocas manzanas de allí. Cuando llegó al portal de su casa se percató que no llevaba consigo las llaves. Tal vez se le habían caído en el callejón, o quizás se las habían robado junto a la cartera, los zapatos, el reloj y el móvil. Estaba aturdido, no podía pensar con claridad. Necesitaba una ducha y ponerse ropa limpia y seca. Sobretodo entrar en calor. Llevaba demasiado tiempo con los pies empapados, el frío se había apoderado de sus huesos. Empezaba a temblar. No podía más. Volver sobre sus pasos a la búsqueda de las llaves con la posibilidad de no encontrarlas, le parecía un esfuerzo el cual no se veía capacitado para hacer dado su estado. Necesitaba entrar en casa. Después ya acudiría a la policía. Debía llamar a Teresa, la mujer que dos días por semana limpiaba su casa, era la única persona que disponía de una copia de sus llaves. Un hombre de mediana edad pasó a su lado -¿Perdone, tiene una moneda para llamar por teléfono?- Con una mirada de menosprecio e incredulidad, el hombre le increpó –Anda y búscate un trabajo, ¡Sinvergüenza!- De todos modos, tampoco recordaba el número de memoria. Lo mejor iba a ser llamar a la policía. Pero no podía dar un paso más.

Decidió pedir ayuda a alguno de sus vecinos. La puerta principal estaba entreabierta. Era un edificio de cuatro plantas sin ascensor, de dos puertas por rellano. hacía cuatro años que se había trasladado y no conocía a todos los habitantes del bloque, de hecho, prácticamente no cruzaba palabra con los que se topaba por las escaleras, musitando algún buenos días o buenas tardes, dependiendo del momento del día. En el primer piso, uno de los apartamentos parecía desocupado, nunca entraba ni salía nadie. En el de enfrente, una placa anunciaba un despacho de abogados. Era sábado, con lo que era problable que no hubiera nadie. Vivía en el 3ºB. Subió hasta el segundo piso. llamó al timbre del apartamento que compartían tres estudiantes, pero nadie abrió la puerta. Aprovechando el fin de semana deberían haber ido a sus respectivos hogares paternos. Le quedaba el 2ºA, propiedad de una vieja de aspecto huraño que apenas salía y miraba através de la mirilla cada vez que oía movimiento por la escalera, o bien subir a probar suerte y acudir a la puerta de la pareja con quien compartía rellano. No tenía ganas de subir hasta la cuarta planta, ni el joven músico que a falta de talento se ganaba la vida impartiendo clases de piano, ni la familia Hurtado, con sus hijos de 4 y 7 años, descendientes directos del mismísimo satanás, le inspiraban simpatía. Pero no estaba en disposición de escoger. Necesitaba ayuda, y la necesitaba con urgencia.

Su índice derecho presionó el timbre. Después de unos segundos, se oyeron unos pasos que se acercaban tras la puerta, abriéndose lentamente.


¿A que puerta ha llamado?

A) La de la vieja huraña del 2ºA.

B) La de la pareja del 3ºA.

lunes, 20 de octubre de 2008

III Parte

No sabía en qué momento había dejado de escuchar a aquella tediosa mujer, su mente divagó por sus propios recuerdos. Nunca le dijo que había otra persona, para cuando la aventura tocaba a su fín lo descubrió, entonces ella le reprochó haberle engañado. No preguntaste, se limitó a decir. Y una bofetada dió por zanjado tres meses de devaneo. Mal asunto tener amantes, rumiaba mientras se acariciaba la mejilla al recordar. Al principio es excitante, sin reglas, ni restricciones, sin reclamaciones estúpidas, el sexo por el sexo, dos cuerpos calientes que consuman por el mero placer de follar. No hay presión, sin promesas, sin futuro... Y es por esto que falla, porque una de las partes no acaba de entenderlo y pide más.

Se disculpó y fue al baño. Olía a uno de esos ambientadores baratos que en lugar de camuflar los malos olores se mezclan con ellos haciendo el hedor todavía más pestilente. Un único fluorescente colgado sobre el espejo iluminaba el lugar, su sonido grave y constante y la luz parpadeante anunciaban su inminente fundido. Alrededor del urinario el suelo estaba encharcado por otros meados, para no pisarlos, y debido a la distancia que le separaba de este, contribuyó a su expansión. Fue a parar más fuera que dentro, no sin dejar de entretenerse dibujando círculos, con su imponente chorro, en la pared alicatada. Se lavó las manos, como el dispensador de toallas de papel estaba vacío se las secó frotándolas en el pantalón.

Al salir vió a la mujer de espaldas, con un pie ya en la calle, le acompañaba otra mujer. Esperaba que el detective fuera un hombre. prejuicios. Pensó. Pagó y se marchó de aquel tugurio, todavía no sabía muy bien qué le había impulsado a entrar.

Empezaba a llover. No le gustaba mojarse, pero también detestaba la forma que tiene la mayoría de la gente de echar a correr medio encogida bajo la lluvia como si de ácido en lugar de agua se tratara.

Se resguardó bajo un portal esperando a que el aguacero cesara. Encendió un cigarrillo. –¿Tienes algo suelto?- Le preguntó una mujer esbozando una desdentada y podrida sonrisa. Arrastraba un carro de supermercado. Iba calada hasta los huesos, sin embargo llevaba bien protegido el contenido del carro bajo una gruesa lona impermeable. Hizo ademán con ambas manos de mostrar los bolsillos vacíos de su abrigo. –Bueno, pues dame uno de esos- Sugirió señalando con un gesto facial el pitillo que se estaba fumando y continuó hablando sola- Espero que no te moleste que me lo fume aquí. Con este tiempo si sigo caminando no va a durarme seco ni dos pipadas.

Sin cruzar palabra se alejó. No soportaba la miseria, la pobreza, en cualquiera de su manifestaciones le repudiaba. Prefería mantenerse lo más distante posible. Hacía tiempo que había dejado de ver los telediarios mientras comía. Aquellos niños hambrientos, desnutridos, que tanto gusta mostrar a los medios, le provocaban retortijones. No por lástima, si no porque todas aquellas imágenes le retorcían el estómago, revolviéndole la comida, le daba asco y no podía seguir comiendo. En la ciudad se concentraban una gran cantidad de vagabundos, purria mendigando a los transeuntes, asaltándoles con sus desgracias y dormitando en lugares públicos, implorando por una limosna. Ya pagaba sus impuestos, que el gobierno hiciera el resto.

De repente sintió un fuerte golpe en la cabeza, cayendo por el impacto al suelo, perdiendo la conciencia.

Despertó tumbado boca arriba en un callejón. Había perdido la noción del tiempo. No podía saber con exactitud el rato que había transcurrido, su reloj de pulsera ya no estaba en su muñeca. Tampoco tenía zapatos. Al intentar incorporarse notó un punzante dolor en la parte trasera de su cabeza. Pasó sus dedos sintiéndola húmeda y fría, al mirarse la mano vió que estaba llena de sangre. ¿Qué coño estaba haciendo allí?


¿Cómo prefieres que continúe?


A) Se levanta y va por su propio pie hasta su casa.

B) Alguien le socorre y llama a una ambulancia, que lo traslada al hospital.

sábado, 11 de octubre de 2008

II Parte

-¿Tienes fuego?- El chico que había sacado tabaco le preguntó a la mujer sentada en la barra mientras abría el paquete.

Podría haberse dirigido a su mesa, le quedaba más cerca de la máquina expendedora, además de tener sobre esta una cajetilla y un encendedor, sin embargo había preferido pedírselo a la dama de piernas largas y bien torneadas que lucía gracias a su escasa falda.

-Sólo si me invitas a fumar- Respondió a la vez que apagaba contra el cenicero el cigarrillo que estaba a punto de consumirse. Como en una película de cine negro, la misteriosa mujer había resultado ser una femme fatal. pero el joven no parecía tener ganas de entrar en el juego de la seducción. O tal vez no le interesaban las mujeres maduras, rondaría los cuarenta. Le ofreció un pitillo y después de prender el suyo desapareció.

Se levantó de su asiento para acercarse a la barra y pedir al camarero un café, en vistas que en el tiempo que llevaba allí nadie le había servido.

-Todos los hombres son iguales- Resopló la mujer de la minifalda – Te colman de atenciones hasta que consiguen lo que quieren, y después ya nada vuelve a ser lo mismo – Y volvió a mirar compulsivamente su reloj de pulsera.

- Al parecer al que espera se le ha pasado el tiempo de las atenciones- Le dijo sin pensar.

La cuarentona le miró con una mezcla de curiosidad y desaire – Supongo que esa es la impresión que debo causar. Pero la realidad no es tan obvia. Perdone que le diga.

-¡Oh, no, disculpe si le he ofendido! No pretendía...

- No pasa nada. No hay de que disculparse. Hay varias varias cosas que se ven a la distancia. Entre ellas destacan el miedo y la desesperación, y yo no estoy tan lejos de ninguna de ellas.

- Si hay algo que pueda hacer para ayudarle.

- Puede acompañarme mientras no llega la persona que espero. Las esperas se me hacen terriblemente insoportables.

- Bien, pero le advierto que no soy muy buena compañía. No se me da bien dar conversación.

- No importa. Eso es lo de menos. Si quiero le cuento una historia. Si sólo tiene que escuchar le resultará más fácil.

- Perfecto.

- Veamos pués. Sitúese en una familia acomodada de clase alta, hija única en la que sus padres han depositado grandes perspectivas de futuro, una gran ambición para que sea esta la que siga manteniendo el legado familiar. Múltiples negocios, en fín, se puede usted imaginar. La presión es cada vez mayor. Ha iniciado estudios de económicas y empresariales por petición paterna, pese a que lo que a ella siempre le ha gustado ha sido pintar. Como es buena chica y progresa adecuadamente en la carrera, se le premia con poder asistir a un curso de verano en una de las escuelas de arte más prestigiosas de París. Allí se rodea de artistas y gente de la cultura que le hacen vivir los días más maravillosos de su vida. La vida bohemia, con dinero, a pesar de estar mal considerada, siempre fue infinitamente mejor y más agradecida. El caso es que la muchacha se enamora. Decide encararse a sus padres. Hacerles entender lo que realmente quiere. Explorar al máximo su faceta artística. Vivir intensamente su amor, tanto por la pintura, como por el chico al que acaba de conocer, también pintor. Renunciar a su herencia si es necesario... Pero su amante le convence de lo contrario. Le instiga a terminar su formación universitaria, alternando la pintura en sus ratos libres, él cree que va a ser lo mejor para ella. Y así lo hace.

Viven veinte años de amor incondicional, en los que ella ha tomado el camino de hacerse cargo de los negocios familiares, los cuales requieren tanta dedicación que la pintura, su verdadera vocación no sólo ha pasado a un segundo plano, ha quedada encerrada en un estudio al que sólo le queda tiempo de frecuentar un par de veces al mes. Estudio en el que sí pasa la mayor parte del tiempo su esposo, el que sin oficio ni beneficio se ha permitido vivir todos estos años de la fortuna de ella, pues su obra no es sólo un fracaso, es tan pésima que para poder exponer incluso tiene que pagar. No obstante, ella jamás se lo recriminó, había puesto su fe y confianza en él, le creía un ser lleno de talento, y principios y ante todo respeto hacía ella. Hasta que una mañana, de esas en las que ella puede pasar un rato en el estudio, descubre evidencias de una actividad sexual en la que ella, claramente, no ha participado. Ella calla, no pregunta, reflexiona y asimila los acontecimientos. Y decide investigar a su marido a través de un detective privado después de saber que a nadie más le ha dejado las llaves del apartamento.

Resumiendo, la triste y patética historia de una mujer que descubre que su vida ha sido una farsa. Se siente traicionada, frustrada, deprimida. Así que se equivocó respecto al hombre que espero. Hoy voy a saber con quien se ha acostado mi marido.



Si quieres saber cómo se desarrolla la historia de la pobre cornuda y que nuestro personaje siga con ella, elige la opción A.


Si estás harto/a de tanto melodrama de telenovela barata, y pasar a otra cosa, elige la opción B.

lunes, 6 de octubre de 2008

Restauración

Para romper el maleficio del 7 y actualizar este blog moribundo antes de que se cumpla un mes (otra vez) sin haber dado señales de existencia por parte de su autora, propongo un ejercicio que me mantendrá en cierta actividad (un tanto obligada por mi parte, pues debo sacudirme las pulgas antes de que me acostumbre a este picor) He empezado un relato mediante la escritura automática, como es habitual en mí (y poco reflexiva por motivos obvios que se delatan al leer el qué y cómo escribo... en fin, es un mero divertimento, así que las críticas sobran) Llegado a un punto en el que la historia empieza a tomar las riendas de su devenir he preferido marcar el punto y aparte para dejar en manos del lector la elección de cómo debe continuar.
Dicho esto, empieza la historia:


Ese día notó que el otoño había llegado. Atrás quedaba el verano, las ganas de pasear por la noche y el calor del sol que sentía sobre su piel. Lo primero que rescató del fondo del armario fue una ligera bufanda para cubrirse el cuello. Solía acatarrarse con facilidad y no tenía intención de pasarse gran parte del invierno arrastrando el pañuelo de un bolsillo a otro, lo engorroso que le resultaba andar estornudando a cada paso y la incomodidad que le causaba la congestión nasal permanente que sufría una vez empezaba con un resfriado, del cual ya no se desprendía hasta bien entrada la primavera, y que luego enlazaba con la alergía que le producía el polen. Cuando llegaba el frío se lamentaba de haber estado maldiciendo las elevadas temperaturas a las que los meses anteriores el clima le había sometido. Parecía no estar nunca conforme a lo que en cada momento le tocaba vivir. Independientemente del tiempo que hiciera, ese malestar podía trasladarse a cualquer aspecto de su existencia. El estado de queja era lo único que resultaba permanente, inmutable y tristemente estable en su patética vida.
Los acontecimientos se sucedían unos a otros sin prácticamente tiempo de disfrutarlos, para cuando cerraba una etapa ya estaba añorándola apreciando entonces lo que irremediablemente no podía rescatar. Se borraban sobre sus pasos las huellas del pasado como si por la orilla del mar anduviera. Luego echaba la vista atrás para rememorar y visualizar desde la imaginación su recorrido. Pero, ¿Era real lo que veía? Lo único tangible era lo que tenía ante sus ojos y en la mayoría de las ocasiones prefería no ver más allá para no caer en un abismo. Era tal el vértigo que le sobrepasaba que tan sólo se permitía alcanzar con la mirada lo que llegaba hasta la punta de sus dedos extendiendo los brazos al frente o hacía sus lados.

Entró en un bar. El olor a café recién molido inundó sus fosas nasales. El sonido de la tragaperras del fondo no cesaba de martillear en su cabeza con la insoportable musiquita. El camarero replicaba los platos y las cucharillas de una forma escandalosa. Mientras, el televisor retransmitía un partido de poca importancia de lo que parecía ser el principio de temporada de liga. Cuatro viejos aporreaban la mesa con sus fichas de dominó al fondo, fumando cigarros y bebiendo carajillos. En la barra una mujer esperaba con impaciencia, miraba su reloj de pulsera cada veinte segundos alternando con el reloj de pared que presidía el local, justo sobre la máquina expendedora de tabaco al que un joven, con aires de estudiante, introducía unas cuantas monedas para hacerse con un paquete de camel. Se preguntaba qué hacía allí. Sentado en aquella mesa junto a la ventana para así ver pasar la gente mientras hojeaba un diario por no parecer demasiado solitario, sin prestar demasiada atención a lo que había escrito, podría haberse tratado del periódico de cualquier día, de cualquier año. Las noticias siempre eran las mismas. ¿Qué coño estaba haciendo allí?



El personaje puede:

A)Entablar una conversación con alguno de los personajes descritos en la escena.

B)Salir del local y dirigirse a otro lugar.